Cada día que no llueve me voy al bosque a por piñas, ramitas y ramas para encender el fuego. Aquí llueve un montón así que en los días claros y secos hay que dedicarle un poco de tiempo a la tarea; es muy difícil encender un fuego si no tienes cosas secas para prender y se acaba antes de lo que uno quisiera. Así que hace falta dedicación para encender el fuego, ir al bosque, seleccionar lo que vale, traerlo a casa en una mochila y volver a por más. Después me levanto a las 6.10 de la mañana para prender y que la sala este caliente cuando los primeros alumnos lleguen para la clase de yoga de las 7.30 de la mañana. Empezar un fuego es un asunto, pero mantenerlo es otro muy diferente. Para mantener tu fuego tienes que alimentarlo con la madera adecuada y tienes que atenderlo. Cualquier fuego al que no se atiende casi invariablemente se muere: sin combustible no hay fuego. Dentro de cada uno de nosotros hay quemando un fuego precioso que necesita buen combustible y cuidado. El yoga y la meditación son una forma de alimentar este fuego para que te mantenga caliente y te sirva de luz en el centro del pecho para iluminar el camino. Hoy meditamos la sesión entera al lado del fuego. El combustible que necesitas para alimentar el fuego que llevas dentro es sólo silencio e intención. No estoy hablando de silencio en la habitación o el entorno, hablo de que bucees profundo en tu respiración y encuentres el silencio que reposa en las profundidades de tu ser debajo de capas de actividad mental y dolor corporal. Ese silencio casi olvidado es de lo que está hecho el Universo entero; es lo divino dentro de ti. . Hay muchas maneras de entrar en contacto con este silencio; yoga, meditación, nadar, sexo, conducir una moto, lo que sea: lo que te conecta con lo divino dentro de ti es tu intención de hacerlo así, tu compromiso de relacionarte conscientemente contigo y con otros desde la luz de tu silencio. Entonces como por arte de magia, no hacen falta las palabras.
